Mensaje del
Papa para la JMJ
de Río de
Janeiro 2013
2012-11-16 – Santo
Padre
(RV).- «Id y haced discípulos a todos los
pueblos» (cf. Mt 28,19). Es el Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI a los
jóvenes del mundo, con ocasión de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud,
Río de Janeiro 2013, publicado hoy.
El Papa se dirige a los queridos jóvenes,
con «un saludo lleno de alegría y afecto», seguro de que la mayoría ha
regresado de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid «arraigados y
edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2,7). Y tras recordar que
este año hemos celebrado en las diferentes diócesis la alegría de ser
cristianos, inspirados por el tema: «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4),
destaca que ahora nos estamos preparando para la próxima Jornada Mundial, que
se celebrará en Río de Janeiro, en Brasil, en el mes de julio de 2013 y
renueva su invitación a participar en esta importante cita.
La célebre estatua del Cristo Redentor, que
domina aquella hermosa ciudad brasileña, será su símbolo elocuente, hace
hincapié el Santo Padre, poniendo de relieve que sus brazos abiertos son el
signo de la acogida que el Señor regala a cuantos acuden a él, y su corazón
representa el inmenso amor que tiene por cada uno.
«¡Dejaos atraer por él! ¡Vivid esta
experiencia del encuentro con Cristo, junto a tantos otros jóvenes que se reunirán
en Río para el próximo encuentro mundial! Dejaos amar por él y seréis los
testigos que el mundo tanto necesita», alienta Benedicto XVI, que invita a
los jóvenes a prepararse para la Jornada Mundial de Río de Janeiro, meditando
desde ahora sobre el tema del encuentro: Id y haced discípulos a todos los
pueblos (cf. Mt 28,19).
Se trata – explica el Papa - de la
«gran exhortación misionera que Cristo dejó a toda la Iglesia y que sigue
siendo actual también hoy, dos mil años después. Esta llamada misionera tiene
que resonar ahora con fuerza en vuestros corazones. El año de preparación
para el encuentro de Río coincide con el Año de la Fe, al comienzo del cual
el Sínodo de los Obispos ha dedicado sus trabajos a «La nueva evangelización
para la transmisión de la fe cristiana».
Por ello, el Santo Padre expresa su alegría
y anhelo de que los queridos jóvenes se impliquen en este impulso misionero
de toda la Iglesia: dar a conocer a Cristo, que es el don más precioso que
pueden dar a los demás.
«Una llamada apremiante»; «Sed discípulos
de Cristo»; «Id»; «Llegad a todos los pueblos»;«Haced discípulos»;«Firmes en
la fe»; «Con toda la Iglesia»; «Aquí estoy, Señor». Son los 8 puntos que
forman el Mensaje Pontificio para la JMJ de Río de Janeiro, en el que Benedicto
XVI, además de evocar a su amado Predecesor el Beato Juan Pablo II, recuerda
que al final de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, bendijo a
algunos jóvenes de diversos continentes que partían en misión y que la
Iglesia confía en la juventud, a la que el Papa renueva la invitación a no
tener miedo, pues «Jesús, Salvador del mundo, está con nosotros todos los
días, hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20).
«Esta llamada, que dirijo a los jóvenes de
todo el mundo, asume una particular relevancia para vosotros, queridos
jóvenes de América Latina», escribe Benedicto XVI y recuerda que en la V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tuvo lugar en
Aparecida en 2007, los obispos lanzaron una «misión continental». Por lo que
ahora que la Jornada Mundial de la Juventud regresa a América Latina, exhorta
a todos los jóvenes del continente a transmitir a la juventud del mundo
entero el entusiasmo de la fe.
Antes de su Bendición Apostólica, que
imparte con afecto, Benedicto XVI desea a los jóvenes que la Virgen María,
Estrella de la Nueva Evangelización, invocada también con las advocaciones de
Nuestra Señora de Aparecida y Nuestra Señora de Guadalupe, los acompañe en su
misión de testigos del amor de Dios.
(CdM- RV)
Texto completo del Mensaje de Benedicto
XVI:
Mensaje del Santo Padre a los jóvenes del
mundo
con ocasión de la XXVIII Jornada Mundial de
la Juventud
2013
Id y haced discípulos a todos los pueblos
(cf. Mt 28,19)
Queridos jóvenes:
Quiero haceros llegar a todos un saludo
lleno de alegría y afecto. Estoy seguro de que la mayoría de vosotros habéis
regresado de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid «arraigados y
edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2,7). En este año hemos
celebrado en las diferentes diócesis la alegría de ser cristianos, inspirados
por el tema: «Alegraos siempre en el Señor» (Flp 4,4). Y ahora nos estamos
preparando para la próxima Jornada Mundial, que se celebrará en Río de
Janeiro, en Brasil, en el mes de julio de 2013.
Quisiera renovaros ante todo mi invitación
a que participéis en esta importante cita. La célebre estatua del Cristo
Redentor, que domina aquella hermosa ciudad brasileña, será su símbolo
elocuente. Sus brazos abiertos son el signo de la acogida que el Señor regala
a cuantos acuden a él, y su corazón representa el inmenso amor que tiene por
cada uno de vosotros. ¡Dejaos atraer por él! ¡Vivid esta experiencia del
encuentro con Cristo, junto a tantos otros jóvenes que se reunirán en Río
para el próximo encuentro mundial! Dejaos amar por él y seréis los testigos
que el mundo tanto necesita.
Os invito a que os preparéis a la Jornada
Mundial de Río de Janeiro meditando desde ahora sobre el tema del encuentro:
Id y haced discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28,19). Se trata de la gran
exhortación misionera que Cristo dejó a toda la Iglesia y que sigue siendo
actual también hoy, dos mil años después. Esta llamada misionera tiene que
resonar ahora con fuerza en vuestros corazones. El año de preparación para el
encuentro de Río coincide con el Año de la Fe, al comienzo del cual el Sínodo
de los Obispos ha dedicado sus trabajos a «La nueva evangelización para la
transmisión de la fe cristiana». Por ello, queridos jóvenes, me alegro que
también vosotros os impliquéis en este impulso misionero de toda la Iglesia:
dar a conocer a Cristo, que es el don más precioso que podéis dar a los
demás.
1. Una llamada apremiante
La historia nos ha mostrado cuántos
jóvenes, por medio del generoso don de sí mismos y anunciando el Evangelio,
han contribuido enormemente al Reino de Dios y al desarrollo de este mundo.
Con gran entusiasmo, han llevado la Buena Nueva del Amor de Dios, que se ha
manifestado en Cristo, con medios y posibilidades muy inferiores con respecto
a los que disponemos hoy. Pienso, por ejemplo, en el beato José de Anchieta,
joven jesuita español del siglo XVI, que partió a las misiones en Brasil
cuando tenía menos de veinte años y se convirtió en un gran apóstol del Nuevo
Mundo. Pero pienso también en los que os dedicáis generosamente a la misión
de la Iglesia. De ello obtuve un sorprendente testimonio en la Jornada
Mundial de Madrid, sobre todo en el encuentro con los voluntarios.
Hay muchos jóvenes hoy que dudan
profundamente de que la vida sea un don y no ven con claridad su camino. Ante
las dificultades del mundo contemporáneo, muchos se preguntan con
frencuencia: ¿Qué puedo hacer? La luz de la fe ilumina esta oscuridad, nos
hace comprender que cada existencia tiene un valor inestimable, porque es
fruto del amor de Dios. Él ama también a quien se ha alejado de él; tiene
paciencia y espera, es más, él ha entregado a su Hijo, muerto y resucitado,
para que nos libere radicalmente del mal. Y Cristo ha enviado a sus
discípulos para que lleven a todos los pueblos este gozoso anuncio de
salvación y de vida nueva.
En su misión de evangelización, la Iglesia
cuenta con vosotros. Queridos jóvenes: Vosotros sois los primeros misioneros
entre los jóvenes. Al final del Concilio Vaticano II, cuyo 50º aniversario
estamos celebrando en este año, el siervo de Dios Pablo VI entregó a los
jóvenes del mundo un Mensaje que empezaba con estas palabras: «A vosotros,
los jóvenes de uno y otro sexo del mundo entero, el Concilio quiere dirigir
su último mensaje. Pues sois vosotros los que vais a recoger la antorcha de
manos de vuestros mayores y a vivir en el mundo en el momento de las más
gigantescas transformaciones de su historia. Sois vosotros quienes,
recogiendo lo mejor del ejemplo y las enseñanzas de vuestros padres y
maestros, vais a formar la sociedad de mañana; os salvaréis o pereceréis con
ella». Concluía con una llamada: «¡Construid con entusiasmo un mundo mejor
que el de vuestros mayores!» (Mensaje a los Jóvenes, 8 de diciembre de 1965).
Queridos jóvenes, esta invitación es de
gran actualidad. Estamos atravesando un período histórico muy particular. El
progreso técnico nos ha ofrecido posibilidades inauditas de interacción entre
los hombres y la población, mas la globalización de estas relaciones sólo
será positiva y hará crecer el mundo en humanidad si se basa no en el
materialismo sino en el amor, que es la única realidad capaz de colmar el
corazón de cada uno y de unir a las personas. Dios es amor. El hombre que se
olvida de Dios se queda sin esperanza y es incapaz de amar a su semejante.
Por ello, es urgente testimoniar la presencia de Dios, para que cada uno la
pueda experimentar. La salvación de la humanidad y la salvación de cada uno
de nosotros están en juego. Quien comprenda esta necesidad, sólo podrá
exclamar con Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1Co 9,16).
2. Sed discípulos de Cristo
Esta llamada misionera se os dirige también
por otra razón: Es necesaria para vuestro camino de fe personal. El beato
Juan Pablo II escribió: «La fe se refuerza dándola» (Enc. Redemptoris Missio,
2). Al anunciar el Evangelio vosotros mismos crecéis arraigándoos cada vez
más profundamente en Cristo, os convertís en cristianos maduros. El
compromiso misionero es una dimensión esencial de la fe; no se puede ser un
verdadero creyente si no se evangeliza. El anuncio del Evangelio no puede ser
más que la consecuencia de la alegría de haber encontrado en Cristo la roca
sobre la que construir la propia existencia. Esforzándoos en servir a los
demás y en anunciarles el Evangelio, vuestra vida, a menudo dispersa en
diversas actividades, encontrará su unidad en el Señor, os construiréis
también vosotros mismos, creceréis y maduraréis en humanidad.
¿Qué significa ser misioneros? Significa
ante todo ser discípulos de Cristo, escuchar una y otra vez la invitación a
seguirle, la invitación a mirarle: «Aprended de mí, que soy manso y humilde
de corazón» (Mt 11,29). Un discípulo es, de hecho, una persona que se pone a
la escucha de la palabra de Jesús (cf. Lc 10,39), al que se reconoce como el
buen Maestro que nos ha amado hasta dar la vida. Por ello, se trata de que
cada uno de vosotros se deje plasmar cada día por la Palabra de Dios; ésta os
hará amigos del Señor Jesucristo, capaces de incorporar a otros jóvenes en
esta amistad con él.
Os aconsejo que hagáis memoria de los dones
recibidos de Dios para transmitirlos a su vez. Aprended a leer vuestra
historia personal, tomad también conciencia de la maravillosa herencia de las
generaciones que os han precedido: Numerosos creyentes nos han transmitido la
fe con valentía, enfrentándose a pruebas e incomprensiones. No olvidemos
nunca que formamos parte de una enorme cadena de hombres y mujeres que nos
han transmitido la verdad de la fe y que cuentan con nosotros para que otros
la reciban. El ser misioneros presupone el conocimiento de este patrimonio
recibido, que es la fe de la Iglesia. Es necesario conocer aquello en lo que
se cree, para poder anunciarlo. Como escribí en la introducción de YouCat, el
catecismo para jóvenes que os regalé en el Encuentro Mundial de Madrid,
«tenéis que conocer vuestra fe de forma tan precisa como un especialista en
informática conoce el sistema operativo de su ordenador, como un buen músico
conoce su pieza musical. Sí, tenéis que estar más profundamente enraizados en
la fe que la generación de vuestros padres, para poder enfrentaros a los
retos y tentaciones de este tiempo con fuerza y decisión» (Prólogo).
3. Id
Jesús envió a sus discípulos en misión con
este encargo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y sea bautizado se salvará» (Mc 16,15-16). Evangelizar significa
llevar a los demás la Buena Nueva de la salvación y esta Buena Nueva es una
persona: Jesucristo. Cuando le encuentro, cuando descubro hasta qué punto soy
amado por Dios y salvado por él, nace en mí no sólo el deseo, sino la
necesidad de darlo a conocer a otros. Al principio del Evangelio de Juan
vemos a Andrés que, después de haber encontrado a Jesús, se da prisa para
llevarle a su hermano Simón (cf. Jn 1,40-42). La evangelización parte siempre
del encuentro con Cristo, el Señor. Quien se ha acercado a él y ha hecho la
experiencia de su amor, quiere compartir en seguida la belleza de este
encuentro que nace de esta amistad. Cuanto más conocemos a Cristo, más
deseamos anunciarlo. Cuanto más hablamos con él, más deseamos hablar de él.
Cuanto más nos hemos dejado conquistar, más deseamos llevar a otros hacia él.
Por medio del bautismo, que nos hace nacer
a una vida nueva, el Espíritu Santo se establece en nosotros e inflama
nuestra mente y nuestro corazón. Es él quien nos guía a conocer a Dios y a
entablar una amistad cada vez más profunda con Cristo; es el Espíritu quien
nos impulsa a hacer el bien, a servir a los demás, a entregarnos. Mediante la
confirmación somos fortalecidos por sus dones para testimoniar el Evangelio
con más madurez cada vez. El alma de la misión es el Espíritu de amor, que
nos empuja a salir de nosotros mismos, para «ir» y evangelizar. Queridos
jóvenes, dejaos conducir por la fuerza del amor de Dios, dejad que este amor
venza la tendencia a encerrarse en el propio mundo, en los propios problemas,
en las propias costumbres. Tened el valor de «salir» de vosotros mismos hacia
los demás y guiarlos hasta el encuentro con Dios.
4. Llegad a todos los pueblos
Cristo resucitado envió a sus discípulos a
testimoniar su presencia salvadora a todos los pueblos, porque Dios, en su
amor sobreabundante, quiere que todos se salven y que nadie se pierda. Con el
sacrificio de amor de la Cruz, Jesús abrió el camino para que cada hombre y
cada mujer puedan conocer a Dios y entrar en comunión de amor con él. Él
constituyó una comunidad de discípulos para llevar el anuncio de salvación
del Evangelio hasta los confines de la tierra, para llegar a los hombres y
mujeres de cada lugar y de todo tiempo.¡Hagamos nuestro este deseo de Jesús!
Queridos amigos, abrid los ojos y mirad en
torno a vosotros. Hay muchos jóvenes que han perdido el sentido de su
existencia. ¡Id! Cristo también os necesita. Dejaos llevar por su amor, sed instrumentos
de este amor inmenso, para que llegue a todos, especialmente a los que están
«lejos». Algunos están lejos geográficamente, mientras que otros están lejos
porque su cultura no deja espacio a Dios; algunos aún no han acogido
personalmente el Evangelio, otros, en cambio, a pesar de haberlo recibido,
viven como si Dios no existiese. Abramos a todos las puertas de nuestro
corazón; intentemos entrar en diálogo con ellos, con sencillez y respeto
mutuo. Este diálogo, si es vivido con verdadera amistad, dará fruto. Los
«pueblos» a los que hemos sido enviados no son sólo los demás países del
mundo, sino también los diferentes ámbitos de la vida: las familias, los
barrios, los ambientes de estudio o trabajo, los grupos de amigos y los
lugares de ocio. El anuncio gozoso del Evangelio está destinado a todos los
ambientes de nuestra vida, sin exclusión.
Quisiera subrayar dos campos en los que
debéis vivir con especial atención vuestro compromiso misionero. El primero
es el de las comunicaciones sociales, en particular el mundo de Internet.
Queridos jóvenes, como ya os dije en otra ocasión, «sentíos comprometidos a
sembrar en la cultura de este nuevo ambiente comunicativo e informativo los
valores sobre los que se apoya vuestra vida. […] A vosotros, jóvenes, que
casi espontáneamente os sentís en sintonía con estos nuevos medios de
comunicación, os corresponde de manera particular la tarea de evangelizar
este “continente digital”» (Mensaje para la XLIII Jornada Mundial de las
Comunicaciones Sociales, 24 mayo 2009). Por ello, sabed usar con sabiduría
este medio, considerando también las insidias que contiene, en particular el
riesgo de la dependencia, de confundir el mundo real con el virtual, de
sustituir el encuentro y el diálogo directo con las personas con los contactos
en la red.
El segundo ámbito es el de la movilidad.
Hoy son cada vez más numerosos los jóvenes que viajan, tanto por motivos de
estudio, trabajo o diversión. Pero pienso también en todos los movimientos
migratorios, con los que millones de personas, a menudo jóvenes, se trasladan
y cambian de región o país por motivos económicos o sociales. También estos
fenómenos pueden convertirse en ocasiones providenciales para la difusión del
Evangelio. Queridos jóvenes, no tengáis miedo en testimoniar vuestra fe
también en estos contextos; comunicar la alegría del encuentro con Cristo es
un don precioso para aquellos con los que os encontráis.
5. Haced discípulos
Pienso que a menudo habéis experimentado la
dificultad de que vuestros coetáneos participen en la experiencia de la fe. A
menudo habréis constatado cómo en muchos jóvenes, especialmente en ciertas
fases del camino de la vida, está el deseo de conocer a Cristo y vivir los
valores del Evangelio, pero no se sienten idóneos y capaces. ¿Qué se puede hacer?
Sobre todo, con vuestra cercanía y vuestro sencillo testimonio abrís una
brecha a través de la cual Dios puede tocar sus corazones. El anuncio de
Cristo no consiste sólo en palabras, sino que debe implicar toda la vida y
traducirse en gestos de amor. Es el amor que Cristo ha infundido en nosotros
el que nos hace evangelizadores; nuestro amor debe conformarse cada vez más
con el suyo. Como el buen samaritano, debemos tratar con atención a los que
encontramos, debemos saber escuchar, comprender y ayudar, para poder guiar a
quien busca la verdad y el sentido de la vida hacia la casa de Dios, que es
la Iglesia, donde se encuentra la esperanza y la salvación (cf. Lc 10,29-37).
Queridos amigos, nunca olvidéis que el primer acto de amor que podéis hacer
hacia el prójimo es el de compartir la fuente de nuestra esperanza: Quien no
da a Dios, da muy poco. Jesús ordena a sus apóstoles: «Haced discípulos a
todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt
28,19-20). Los medios que tenemos para «hacer discípulos» son principalmente
el bautismo y la catequesis. Esto significa que debemos conducir a las
personas que estamos evangelizando para que encuentren a Cristo vivo, en modo
particular en su Palabra y en los sacramentos. De este modo podrán creer en
él, conocerán a Dios y vivirán de su gracia. Quisiera que cada uno se
preguntase: ¿He tenido alguna vez el valor de proponer el bautismo a los
jóvenes que aún no lo han recibido? ¿He invitado a alguien a seguir un camino
para descubrir la fe cristiana? Queridos amigos, no tengáis miedo de proponer
a vuestros coetáneos el encuentro con Cristo. Invocad al Espíritu Santo: Él
os guiará para poder entrar cada vez más en el conocimiento y el amor de
Cristo y os hará creativos para transmitir el Evangelio.
6. Firmes en la fe
Ante las dificultades de la misión de
evangelizar, a veces tendréis la tentación de decir como el profeta Jeremías:
«¡Ay, Señor, Dios mío! Mira que no sé hablar, que sólo soy un niño». Pero
Dios también os contesta: «No digas que eres niño, pues irás adonde yo te
envíe y dirás lo que yo te ordene» (Jr 1,6-7). Cuando os sintáis ineptos,
incapaces y débiles para anunciar y testimoniar la fe, no temáis. La
evangelización no es una iniciativa nuestra que dependa sobre todo de
nuestros talentos, sino que es una respuesta confiada y obediente a la
llamada de Dios, y por ello no se basa en nuestra fuerza, sino en la suya.
Esto lo experimentó el apóstol Pablo: «Llevamos este tesoro en vasijas de
barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no
proviene de nosotros» (2Co 4,7).
Por ello os invito a que os arraiguéis en
la oración y en los sacramentos. La evangelización auténtica nace siempre de
la oración y está sostenida por ella. Primero tenemos que hablar con Dios
para poder hablar de Dios. En la oración le encomendamos al Señor las
personas a las que hemos sido enviados y le suplicamos que les toque el
corazón; pedimos al Espíritu Santo que nos haga sus instrumentos para la
salvación de ellos; pedimos a Cristo que ponga las palabras en nuestros
labios y nos haga ser signos de su amor. En modo más general, pedimos por la
misión de toda la Iglesia, según la petición explícita de Jesús: «Rogad,
pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies» (Mt 9,38). Sabed
encontrar en la eucaristía la fuente de vuestra vida de fe y de vuestro
testimonio cristiano, participando con fidelidad en la misa dominical y cada
vez que podáis durante la semana. Acudid frecuentemente al sacramento de la
reconciliación, que es un encuentro precioso con la misericordia de Dios que
nos acoge, nos perdona y renueva nuestros corazones en la caridad. No dudéis
en recibir el sacramento de la confirmación, si aún no lo habéis recibido,
preparándoos con esmero y solicitud. Es, junto con la eucaristía, el
sacramento de la misión por excelencia, que nos da la fuerza y el amor del
Espíritu Santo para profesar la fe sin miedo. Os aliento también a que hagáis
adoración eucarística; detenerse en la escucha y el diálogo con Jesús
presente en el sacramento es el punto de partida de un nuevo impulso
misionero.
Si seguís por este camino, Cristo mismo os
dará la capacidad de ser plenamente fieles a su Palabra y de testimoniarlo
con lealtad y valor. A veces seréis llamados a demostrar vuestra
perseverancia, en particular cuando la Palabra de Dios suscite oposición o
cerrazón. En ciertas regiones del mundo, por la falta de libertad religiosa,
algunos de vosotros sufrís por no poder dar testimonio de la propia fe en
Cristo. Hay quien ya ha pagado con la vida el precio de su pertenencia a la
Iglesia. Os animo a que permanezcáis firmes en la fe, seguros de que Cristo
está a vuestro lado en esta prueba. Él os repite: «Bienaventurados vosotros
cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi
causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el
cielo» (Mt 5,11-12).
7. Con toda la Iglesia
Queridos jóvenes, para permanecer firmes en
la confesión de la fe cristiana allí donde habéis sido enviados, necesitáis a
la Iglesia. Nadie puede ser testigo del Evangelio en solitario. Jesús envió a
sus discípulos a la misión en grupos: «Haced discípulos» está puesto en
plural. Por tanto, nosotros siempre damos testimonio en cuanto miembros de la
comunidad cristiana; nuestra misión es fecundada por la comunión que vivimos
en la Iglesia, y gracias a esa unidad y ese amor recíproco nos reconocerán
como discípulos de Cristo (cf. Jn 13,35). Doy gracias a Dios por la preciosa obra
de evangelización que realizan nuestras comunidades cristianas, nuestras
parroquias y nuestros movimientos eclesiales. Los frutos de esta
evangelización pertenecen a toda la Iglesia: «Uno siembra y otro siega» (Jn
4,37).
En este sentido, quiero dar gracias por el
gran don de los misioneros, que dedican toda su vida a anunciar el Evangelio
hasta los confines de la tierra. Asimismo, doy gracias al Señor por los
sacerdotes y consagrados, que se entregan totalmente para que Jesucristo sea
anunciado y amado. Deseo alentar aquí a los jóvenes que son llamados por
Dios, a que se comprometan con entusiasmo en estas vocaciones: «Hay más dicha
en dar que en recibir» (Hch 20,35). A los que dejan todo para seguirlo, Jesús
ha prometido el ciento por uno y la vida eterna (cf. Mt 19,29).
También doy gracias por todos los fieles
laicos que allí donde se encuentran, en familia o en el trabajo, se esmeran
en vivir su vida cotidiana como una misión, para que Cristo sea amado y
servido y para que crezca el Reino de Dios. Pienso, en particular, en todos
los que trabajan en el campo de la educación, la sanidad, la empresa, la
política y la economía y en tantos ambientes del apostolado seglar. Cristo
necesita vuestro compromiso y vuestro testimonio. Que nada – ni las dificultades,
ni las incomprensiones – os hagan renunciar a llevar el Evangelio de
Cristo a los lugares donde os encontréis; cada uno de vosotros es valioso en
el gran mosaico de la evangelización.
8. «Aquí estoy, Señor»
Queridos jóvenes, al concluir quisiera invitaros
a que escuchéis en lo profundo de vosotros mismos la llamada de Jesús a
anunciar su Evangelio. Como muestra la gran estatua de Cristo Redentor en Río
de Janeiro, su corazón está abierto para amar a todos, sin distinción, y sus
brazos están extendidos para abrazar a todos. Sed vosotros el corazón y los
brazos de Jesús. Id a dar testimonio de su amor, sed los nuevos misioneros
animados por el amor y la acogida. Seguid el ejemplo de los grandes
misioneros de la Iglesia, como san Francisco Javier y tantos otros.
Al final de la Jornada Mundial de la
Juventud en Madrid, bendije a algunos jóvenes de diversos continentes que
partían en misión. Ellos representaban a tantos jóvenes que, siguiendo al
profeta Isaías, dicen al Señor: «Aquí estoy, mándame» (Is 6,8). La Iglesia
confía en vosotros y os agradece sinceramente el dinamismo que le dais. Usad
vuestros talentos con generosidad al servicio del anuncio del Evangelio.
Sabemos que el Espíritu Santo se regala a los que, en pobreza de corazón, se
ponen a disposición de tal anuncio. No tengáis miedo. Jesús, Salvador del
mundo, está con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt
28,20).
Esta llamada, que dirijo a los jóvenes de
todo el mundo, asume una particular relevancia para vosotros, queridos jóvenes
de América Latina. En la V Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, que tuvo lugar en Aparecida en 2007, los obispos lanzaron
una «misión continental». Los jóvenes, que en aquel continente constituyen la
mayoría de la población, representan un potencial importante y valioso para
la Iglesia y la sociedad. Sed vosotros los primeros misioneros. Ahora que la
Jornada Mundial de la Juventud regresa a América Latina, exhorto a todos los
jóvenes del continente: Transmitid a vuestros coetáneos del mundo entero el
entusiasmo de vuestra fe.
Que la Virgen María, Estrella de la Nueva
Evangelización, invocada también con las advocaciones de Nuestra Señora de
Aparecida y Nuestra Señora de Guadalupe, os acompañe en vuestra misión de
testigos del amor de Dios. A todos imparto, con particular afecto, mi
Bendición Apostólica.
Vaticano, 18 de octubre de 2012
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