¿A quién creerle?


Quizá muchos de nosotros, hundidos en la «esclavitud de nuestras pasiones» (concentrados en algo que nos gusta mucho hacer) nos preguntemos si en verdad existen todos esos «mitos urbanos» que se trasmiten de boca en boca, en las noticias, por celulares y en internet. Desde la dramática decapitación en «vivo» de un ser humano a manos de unos «encapuchados», hasta la clásica: «al primo del vecino de una amiga lo rapataron unas canadienses en Acapulco y le quitaron un riñón…».
En mi experiencia de vida, últimamente he oído de todo, y por tanto no pretendo desacreditar lo visto y oído por otros, sobre todo si viven y representan una ética y una calidad moral y humana de respeto, es decir, que la «fuente sea fidedigna», y que la información sea analítica, crítica y detallada, por lo que no hay que hacer tanto caso de la tele y de su manejo comercial sobre las desventuradas vidas de algunos seres humanos.
Con tantos programas de mala calidad y tantos intereses económicos y políticos creados en los Medios de comunicación, resulta difícil creer en otras fuentes, ya sea porque la gente dice: son de izquierda, pesimistas, anticatólicas, son «patito», o porque no se conocen y son de «dudosa procedencia». Entonces, parece increíble tanta noticia inhumana, más brutal que quemar niños y mujeres dentro de una iglesia en el lejano país de Kenia…
Hace un tiempo, me quedé preocupado, no tanto por lo que me contaron mis tíos, que por su trabajo, suelen viajar en autobús foráneo, sino porque a veces como «gente de principios» tomamos una actitud «pseudopasiva» frente a lo que vemos en la calle. Resulta que en uno de tantos viajes vieron a varios hombres de «muy mala facha» acompañados por niños y niñas de distintas edades. A mi tía le resultó curioso que los niños no levantaran para nada la cabeza ni pudieran hablar con nadie. Cuando ella quiso acercarse a ellos uno de los fulanos dejó ver que iba armado. Mi tía le dijo a su esposo: «pase lo que pase, no voltees». Los ruidos de jadeos, lloriqueos y situaciones de sexo oral practicado por los niños… –disculpen, pero me resulta una abominación– comenzaron a escucharse durante el trayecto; mi tío quiso voltear, pero mi tía lo jaloneó. Había ahí una situación que ponía los «pelos de punta», un hecho que no pasa en la tele ni en nigún noticiario. Mantuvieron la calma durante el trayecto y «se pusieron en oración». Su compromiso cristiano y ciudadano los llevó a pensar que debían comunicar ese hecho a las autoridades cuando llegaran a su destino, pero no lo hicieron porque, en cuanto bajaron, lo policías de la terminal saludaron a los «delincuentes».
Ésta, como muchas otras situaciones injustas y poco creíbles, es la muestra de que la esclavitud moderna es casi invisible (como dicen otros artículos de esta revista). ¿Cómo darle crédito a este relato? Te comento que la fuente es fidedigna, es decir, yo le creo a mi tía. Quizá tú, como lector tengas el beneficio de la duda… lo dejo a tu criterio.
Últimamente en México, importantes periodistas se han visto coaccionados o limitados para permanecer en sus espacios informativos por «reseñar y citar» este tipo de historias, el caso más reciente: la salida de Carmen Aristegui de W Radio. Las versiones oficiales de los Medios y de Gobernación son, por un lado, que no coincidía con la línea editorial, y por otro, la eterna respuesta hueca: «No tenemos conocimiento de estas injusticias, pero indagaremos…».
No basta, para nosotros los cristianos, ser honestos ciudadanos. Denunciar, hasta donde sea posible, estas situaciones de esclavitud no es una posición teológica o política sino un ejemplo para combatir el pecado social de la omisión. No podemos seguir en el coro de la parroquia sin que esto cuestione nuestro compromiso con Dios, visto en los más solos, tristes, «desechables» y violentados hermanos nuestros. ¡Qué cerrados tenemos lo ojos y el corazón! Pareciera que estoy hablando de otros mundos, ¿no lo crees? Ω