 |
PADRE SANTO: estoy aquí delante de ti, experimentando al máximo mi límite humano. Nunca imaginé que algún día, mi vida recibiría el diagnóstico de tener un tumor maligno y afrontar todo un tratamiento para mejorar.
Vienen a mi mente mis años jóvenes en la misión: mi trabajo en el hospital, mis correrías misioneras por las capillas para llevar tu Palabra y Pan consagrado, mis encuentros con la juventud ugandesa, las danzas tradicionales que hacía junto con el pueblo, los constantes viajes para organizar convivencias vocacionales en todo Uganda, los riesgos que corría cada vez que me ponía en camino debido a la guerra. En fin, actividades que hice siempre con mucho entusiasmo y energía. He vivido esa misión creyendo que hacía lo que a ti agradaba, y así he sido feliz.
Ahora, a esta edad madura en la que estoy, siento que esas fuerzas físicas y esas oportunidades de construir tu Reino me están dejando debido a la enfermedad que padezco. Algunas personas se preguntan el porqué yo, tu misionera, tengo que padecer este mal; les respondo que soy un ser humano que no está exento de sufrir enfermedad y todo aquello que es parte de la vida humana. Sé que lo que padezco no es algo enviado por ti, aunque sí es algo que tú estás permitiendo para que yo, desde esta situación, te ame con más intensidad y me entregue a la vida misionera de manera diferente y más profunda. Ahora se trata no de hacer sino de ser.
Es contigo que estoy enfrentando este mal que mi cuerpo padece; es de tu mano que la estoy viviendo como una oportunidad para ser una persona más íntegra y plena. Tú eres mi Padre y no me abandonas en estos momentos, así como no abandonaste a tu Hijo Jesús cuando enfrentaba su pasión y su muerte.
No puedo correr como antes, Padre, pero en tu Espíritu camino al ritmo de tu voluntad, aceptando mi finitud humana. No es fácil, tú lo sabes, sobre todo cuando mi cuerpo siente el dolor y pérdidas. No es fácil, pero tampoco es imposible, pues tú me acompañas con tu Hijo y en el Espíritu Santo. También te haces presente en las personas que me aman y me cuidan, en esos abrazos sinceros y llenos de cariño fraterno. Así, el camino al Calvario es más llevadero.
No sé en qué terminará todo esto. Vivo con la esperanza de la sanación, si esa es tu voluntad. Por el momento, me ofrezco a ti como tu hija que carga su cruz para encontrar vida interior, y para dar vida a aquellos que de mí quieran aprender algo. Soy tuya, Padre, ahora y siempre. Te amo. Ω
Una misionera
|