
La esclavitud global
Por Manuel GIRALDES (Além-mar)
Hace 145 años, una ley anunciaba la abolición de la esclavitud en todo el imperio portugués. En 1948, la Carta Internacional de los Derechos del Hombre consagraba la esclavitud como «un atentado contra la dignidad de la persona humana». Se calcula que, alrededor del mundo, 27 millones de esclavos contribuyen con su desgracia para la opulencia de la economía global. Infelizmente, a veces parece que el tiempo camina para atrás.
Se piensa, con un escalofrío de indignación y alivio, que la esclavitud es un crimen bárbaro contra la humanidad arrumbado en un polvoriento lugar de los archivos del pasado. ¿Barcos llenos de negros encadenados? ¡Ah, sí! Hasta vi una película de Steven Spielberg que habla de ello. ¿Hombres, mujeres y niños trabajando en los campos, de sol a sol, bajo la mirada de un cruel capataz? Parecería ciertamente un episodio de una antigua novela, de tipo «La cabaña del padre Tomás». Desgraciadamente, no es así. Cambiaron los transportes, los grilletes, los tipos de coacción, pero la esclavitud es todavía un fenómeno de nuestros días que no sólo tiende a aumentar, sino a adquirir formas –si es posible cometer el anacronismo de comparar épocas y estilos de vida tan disparejos– cada vez más graves.
Se calcula que, en este preciso momento, en todo el mundo, 27 millones de personas se encuentran encadenadas a esta suerte tan deshumana. Las cadenas que los aprisionan no son de hierro, pero pueden ser hasta más fuertes y más penosas. Porque, antes, el esclavo era un «bien» caro y raro, y por eso mismo merecedor de ciertos cuidados. Pero en los tiempos que corren la propia ley de la oferta y la demanda se encargó de abaratar y desvalorizar el «producto»: con la explosión demográfica el aumento de la pobreza y de la exclusión social generadas por el agrandamiento de la fosa que separa a los ricos y a los pobres, el flujo torrencial de inmigrantes que se sujeta a todo para intentar encontrar en la mitad más rica del mundo un modo de subsistencia, «mano de obra» no falta. Y si el esclavo moderno se debilita o enferma, se desecha y se busca otro, porque las repisas de los almacenes globales están llenas de gente desesperada.
En los escaparates, como siempre, se puede escoger entre hombres, mujeres y niños. Y estos últimos son particularmente apreciados, porque son muy dóciles, comen y protestan menos, duermen en cualquier esquina y, como es necesario menos fuerza para obligarlos a trabajar, dan menos dolores de cabeza a capataces y vigilantes. Se calcula que los niños esclavos serán en el mundo unos 8 millones. No muy lejos de esta condición se encuentran los 111 millones de menores de 15 años que realizan tareas impropias, peligrosas o demasiado difíciles para su edad.
La moral del lucro
Pero no. No se confundan. Cuando se dice: «el pequeño trabaja como un esclavo», no quiere decir que lo sea. Para serlo, realmente es necesario que exista –en la definición del especialista Kevin Bales– «el control total de una persona por otra con fines de explotación económica». Antes, tal control pasaba por la compra o la posesión. Hoy, no sólo no es necesario, sino que es hasta «antieconómico».
Explica Bales, un profesor de la universidad inglesa de Surrey, que recorrió el mundo para estudiar la esclavitud moderna: «Hoy, cuando las personas compran esclavos, no piden recibos ni títulos de propiedad, pero adquieren el control –y usan la violencia para mantener ese control–. Los «esclavocratas» tienen todos los beneficios de la propiedad sin las responsabilidades legales. La verdad, para los esclavocratas, no tener la posesión legal es un bien, porque obtienen el control total sin ninguna responsabilidad por aquello que poseen (…). La esclavitud es una obscenidad. No se trata apenas de robar el trabajo a alguien; se trata del robo de toda una vida. Está más estrechamente relacionada con el campo de concentración que con las cuestiones de las malas condiciones de trabajo».
En Gente descartable, La nueva esclavitud en la economía mundial (de Kevin Bales, Editorial Caminho, Nosso Mundo, Lisboa, 2001), el especialista establece bien la diferencia entre las trágicas imágenes que nos fueron heredadas por el pasado y la tal vez, todavía más trágica, realidad actual: «En la nueva esclavitud, la raza tiene poco significado. En el pasado, las diferencias étnicas y raciales eran usadas para explicar y disculpar la esclavitud. Esas diferencias permitían a los esclavocratas inventar razones que hacían la esclavitud aceptable, o hasta una buena cosa para los esclavos. La diferencia de los esclavos hacía más fácil usar la violencia y la crueldad necesarias para el control total. Esa diferencia podía ser definida como un modo (diferente religión, tribu, color de piel, lengua, costumbres o clase económica…). Hoy, la moralidad del dinero supera todas las otras consideraciones. La mayoría de los esclavocratas no sienten la necesidad de explicar o defender el método de reclutamiento o del trabajo que escogieron. La esclavitud es un negocio muy lucrativo y un buen lucro es siempre justificación suficiente».
Gente barata
Los cálculos de Anti-Slavery International hablan por sí mismos: por los años de 1850, en las plantaciones del sur de los Estados Unidos, un esclavo podía llegar a costar hasta lo equivalente a 60 mil pesos hoy; actualmente, su cotización en el mercado mundial estaría por los mil 200 pesos. El abaratamiento tiene un efecto perverso: «los esclavos ya no son una grande inversión, que valga la pena cuidar y mantener. Si se enferman, dejan de ser útiles y le dan demasiado quehacer al esclavocrata, éste se limita a descartarlos o a matarlos».
Explica esta organización defensora de los derechos humanos (la más antigua del mundo, precisamente porque fue creada para luchar por la abolición de la antigua esclavitud): «en 1850, los esclavos de Alabama rendían a sus señores cerca del 5 por ciento al año, en cuanto que en nuestros días las márgenes de lucro del trabajo esclavo llegan al 800 por ciento (…). Cuando la niña tailandesa forzada a prostituirse contrae Vih, es abandonada a su suerte; el brasileño encadenado a la producción de carbón en hornos gigantescos y en condiciones infrahumanas es abandonado apenas es arrasada la selva que los alimenta. El niño indio que pasa sus días dedicado a enrollar cigarros se le regresa a su familia si deja de «cumplir con su misión», e inmediatamente otro viene a ocupar su lugar. En Londres, un trabajador doméstico esclavizado fue abandonado en la calle porque la familia para quien trabajaba se mudó a otro país (…). Los esclavos modernos son desechables como lapiceros o vasos de plástico: se usan y se desechan».
Según la organización, el tráfico de personas no conoce fronteras y sobrepasa la barrera de los continentes de tal modo que se volvió una de las actividades preferidas de los carteles internacionales del crimen organizado: «el lucro del comercio de la desgracia humana sólo es sobrepasado por el del tráfico de drogas y de armas. Según la administración norteamericana, todos los años son «contrabandeadas» para los Estados Unidos unas 50 mil personas. Su destino: prostitución no remunerada, servicio doméstico o actividades que explotan el estatuto precario de los inmigrantes clandestinos».
Europa no escapa a este fenómeno. Hace algunos meses, un especialista de la policial judicial (de un país europeo) consideraba el tráfico de personas el crimen de la década en que vivimos. En varios países europeos existen inmigrantes que caen en las redes de las mafias, y sobre todo mujeres africanas, brasileñas y asiáticas o de los países del Este, forzadas a prostituirse. Según Inés Fonti-nha, directora de una asociación católica que hace años lucha para restituir la dignidad a las prostitutas, dice que sólo en la capital portuguesa pasaron miles de potenciales «esclavas sexuales». Son tantas, que el «precio de compra» puede bajar hasta 250 pesos.
Los lucros de los «dueños» y «comerciantes» son incalculables. De acuerdo con la Interpol, una de estas mujeres forzadas a prostituirse tiene entre 15 y 30 clientes por día y, de lo que ganan diariamente, tienen que entregar al «padrote» entre 5 y 7 mil pesos, esto, si no quiere ser maltratada.
Hay esclavos en Lisboa, Londres, París, México, Nueva York… es decir, en todo el mundo. Pero esta forma extrema de explotación es particularmente aguda, generalizada y escandalizante en el sureste de Asia, en la India, África y en los países árabes. Las razones son más o menos evidentes: Además de la explosión demográfica y de la persistencia de formas tradicionales de esclavitud, el rápido cambio social y económico registrado en los países en desarrollo.
Globalización y esclavismo
Argumenta Kevin Bales: «las sociedades tradicionales, a pesar de ser a veces opresivas, presentaban generalmente lazos de responsabilidad y de afinidad que podían ayudar a las personas a enfrentar una crisis como la muerte, una enfermedad grave o una mala cosecha. La modernización y la globalización de la economía mundial rompieron con esos esquemas familiares tradicionales y con la pequeña agricultura de subsistencia que las mantenía. El cambio forzado de la agricultura de subsistencia para la agricultura comercial, la pérdida de las tierras comunitarias y las políticas gubernamentales que suprimen las ganancias agrícolas a favor de la comida barata para las ciudades, todo contribuyó a arrojar a millones de campesinos y a expulsarlos de sus tierras; a veces para la esclavitud».
Por obra y gracia de la globalización, incluso los que piensan que no tienen nada que ver con el comercio del que hablamos, acaban por, indirectamente, recoger sus frutos. Y no sólo a través de los precios bajísimos de los productos que nos llegan de las regiones en los que se recurre a la mano de obra esclava.
Bales cita un ejemplo, aparentemente a años luz del pequeño ahorrador que invierte sus ahorros en un fondo que, en su banco, le aseguran será particularmente seguro: «un gran proyecto es el gaseoducto para gas natural que Birmania está construyendo en sociedad con la compañía petrolífera americana Unocal, y la francesa Total y la empresa tailandesa PTT Explotación y Producción. Estas tres compañías, muchas veces están asociadas en fondos de inversión mutuos internacionales y globales. La compañía tailandesa, que en parte es propiedad del gobierno tailandés, está recomendada por un fondo mutuo con una inversión familiar. En el proyecto del gaseoducto, millares de trabajadores esclavos, incluyendo ancianos, mujeres embarazadas y niños, son obligados por la fuerza de las armas a limpiar el terreno y a construir una línea de ferrocarril en sus cercanías».
Concluye en autor: «el punto importante es que los esclavos constituyen una fuerza enorme de trabajo que alimenta la economía global de la que todos dependemos».
Una nueva epidemia
La esclavitud es una realidad difundida, escondida, difícil de captar. Pero, incluso así Kevin Bales consigue estimar el lucro total anual generado por los 27 millones de esclavos –un número que él mismo considera una aproximación «modesta». Existente a escala mundial: cerca de 195 mil millones de pesos, la cantidad que Holanda gasta en turismo o «sustancialmente menos que la fortuna personal de fundador de Microsoft, Bill Gates».
Parece una cantidad pequeña, pero se trata apenas del valor directo, porque el valor indirecto del trabajo esclavo en la economía mundial es mucho mayor: «por ejemplo, el carbón producido por el trabajo esclavo es fundamental para producir acero en Brasil. Mucho de ese acero es transformado en automóviles, piezas para máquinas y otros artículos de metal que constituyen un cuarto de las exportaciones de Brasil. Sólo la Gran Bretaña importa anualmente 1.6 mil millones de dólares en artículos de Brasil; los Estados Unidos significativamente más. La esclavitud hace bajar los costos de producción de la fábrica, esos ahorros pueden ser transmitidos en sentido ascendiente en la corriente económica, alcanzando finalmente las tiendas de Europa y América del Norte con precios más bajos o lucros más altos para los mediadores (…). Tenemos que encarar los hechos: al buscar siempre el mejor precio podemos estar escogiendo bienes producidos por esclavos sin saber lo que estamos comprando. Los trabajadores que producen piezas de computadoras o de televisores en la India pueden recibir salarios bajos, en parte porque los elementos producidos por su trabajo esclavo también son muy bajos. Esto hace bajar los costos de los artículos que ellos producen y las fábricas que no consiguen competir con sus precios cierran las puertas en América del Norte y Europa. El trabajo esclavo amenaza el empleo real en cualquier lugar del mundo».
A manera de conclusión, el especialista advierte: «La nueva esclavitud es como una nueva enfermedad para la cual no existe vacuna. Y esta enfermedad está propagándose». Ω

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