Con los ojos abiertos
La espiritualidad es –en términos muy llanos– el alma de toda religión. Es la manifestación vital de la fe. En la tradición cristiana la doctrina es articulación de la fe de la Iglesia; fe que está enraizada en la revelación de Dios mismo. Desde ahí podemos entender la espiritualidad como praxis, como búsqueda existencial, como experiencia vital de hombres y mujeres que a la luz de la Palabra creen, viven y actúan en medio del mundo. La espiritualidad es la respuesta del hombre a la propuesta de Dios. Respuesta que siempre es pronunciada desde una realidad personal y social. Sería falso entender la espiritualidad como un refugio a los desafios de la vida humana, como una dimensión paralela a la cotidianidad, a la sociedad, al mundo y a sus problemas. Al contrario, espiritualidad es un modo de ver el mundo y verse a sí mismo, una manera de interactuar con los otros, de involucrarse en los devenires de las sociedades humanas… siempre desde la fe. Siempre desde la búsqueda inquieta de la presencia de Dios entre los hombres. Vista así, la espiritualidad es el paso del hombre por el mundo animado por la vida del espríritu.
Espiritualidad de cara al mundo
La espiritualidad que requieren nuestros tiempos no es una espiritualidad de ojos cerrados, sino una espiritualidad que sea capaz de buscar a Dios con los ojos abiertos al mundo. El mundo debe ser entendido por nosotros cristianos como Creación, pero también como Creatura. Esto significa que el mundo no sólo es creación divina (el mundo y el universo en su sentido original, como Dios los creó), sino también producto del paso del hombre por la historia. Una espritualidad abierta al mundo reconoce en él la «firma de Dios», pero también la del hombre –pues Dios puso el mundo en sus manos–. Una espiritualidad que mantenga los ojos abiertos al mundo debe llevarnos a la contemplación en medio de la contradicción y de la aparente desesperanza.
El peligro que corre el cristianismo del siglo XXI es el de recurrir a la creación de «mundos paralelos» que nos permitan darnos a la búsqueda de la experiencia de Dios sin dar lugar a realidades que «contradigan» nuestra fe y esperanza. La Iglesia, las comunidades cirstianas, corren el riesgo de convertirse en centros de wellness (bienestar) colectivos para el alma. En albergues de refugio frente al mundo inclemente del rendimiento y la competencia, o frente a la impotencia y la resignación de no poder «cambiar nada» sino «solamente a nosotros mismos». Frente a las nuevas esclavitudes de la globalización no basta la protesta antiglobalista. Gustavo Gutiérrez, el téologo peruano, apunta: «Estar contra la globalización es tal como estar contra la electricidad. Sin embargo, esto no significa que debemos aceptar la situación de globalización del mundo cómo es, porque la globalización del mundo de hoy, está agrandando las desigualdades y las injusticias…». Pero, ¿qué significa «no aceptar»?
Saberse parte
El monje trapense Thomas Merton, autor de una obra espiritual prolija y profunda que vale la pena redescubir, publicó sus ensayos y notas acerca de la época actual –entonces corrían los años sesenta– bajo el título Conjeturas de un espectador culpable. El título podría ser programático para nosotros. Es necesario atrevernos a entender nuestro ser cristianos en un mundo configurado por un culto al egoismo y por la esquizofrenia de conciencia. Vivimos en un mundo regido por la religión del dinero y el éxito. Algunos sociólogos se refieren al capitalismo como la única religión que verdaderamente ha adquirido dimensiones globales. La «esquizofrenia de conciencia» puede conducirnos a una actitud de víctimas («los culpables son los otros, los poderosos, los delincuentes, los imperialistas, los políticos, las empresas transnacionales») o de victimarios forzados («el mundo es injusto y lo cambiaría –si pudiera– pero yo también tengo que ver por mis intereses»).
Redescubrir la esperanza
Una «espiritualidad de ojos abiertos» debe conducirnos a la conciencia de ser parte de este mundo y de sus estructuras injustas. ¿Cómo construir el Reino de Dios desde el Reino de las desigualdades? ¿Basta ignorarlas e intentar construir un mundo mejor «en pequeño» (nuestra familia, nuestros amigos, nuestra parroquia)? ¿Es suficiente asumir las reglas del juego bajo protesta? El primer paso en la búsqueda de una espiritualidad coherente es sabernos parte de estas estructuras y sabernos parte de la contradicción entre la incongruencia de nuestro mundo y la congruencia de la propuesta de Dios. Vivir en esa «tensión» nos llevará a redescubrir el sentido más profundo de la esperanza cristiana que va más allá del consuelo psicológico y la resignación pasiva. La esperanza no es un somnífero ni tampoco la espera en la inversión de la historia («los opresores serán un día los orpimidos»). La esperanza es un elemento vital y transformador en medio de las contradicciones (Erich Fromm). ¿Cómo reconfigurar la esperanza en un contexto de desesperanza?
El encuentro con Dios no nos ofrece un mundo alternativo –ajeno al sufrimiento de tantos, a las injusticias hechas sistema, a las desigualdades sociales, al enriquencimiento vergonzoso de unos pocos, al desastre ecológico en aras de los intereses económicos–. El encuentro con Dios nos ofrece una mirada nueva. Ω
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