«Raquel llora por sus hijos»
El llanto de Raquel continúa hoy en nuestro mundo: no cesan las opresiones, persecuciones, nuevas y horribles formas de esclavitud… ¿Qué hacer ante estas actitudes de desconsuelo e injusticias? Existe un dicho que dice: «La esperanza es lo último que muere». ¡Actuemos en l
Como cada año, el 28 de diciembre hemos celebrado la fiesta de los Santos Inocentes. El evangelista san Mateo, después de habernos relatado que el rey Herodes mandó matar a todos los niños menores de dos años que vivían en Belén y sus alrededores, comenta que en esa ciega crueldad se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «un grito se oye en Ramá, llantos y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven» (Mt 2,18).
Los exegetas y otros expertos en estudios bíblicos nos explican que la profecía concerniente a Raquel que llora por sus hijos muertos, tiene al menos tres niveles: El primero, se refiere a los tiempos del destierro y esclavitud del pueblo judío (587 aC.) siendo Nabucodonosor y sus jefes, los perseguidores. El segundo, nos lleva a los tiempos de Jesús, en que Herodes es el perseguidor, y los perseguidos son Jesús y los niños inocentes de Belén. El tercer nivel apunta al tiempo de la pasión de Cristo, cuando los perseguidores son los sumos sacerdotes, jefes y dirigentes judíos que quieren suprimir vilmente a Jesús inocente.
Interpretada así, la profecía de Jeremías trasciende los tiempos y Raquel, esposa preferida de Jacob, se convierte en símbolo de las madres y de toda persona de buen corazón que se sienta invadida y vencida por el dolor, rehusando todo consuelo, a causa del sufrimiento de sus hijos, de su pueblo.
El llanto de Raquel continúa hoy, en nuestra patria y en el mundo. Es un llanto sin consuelo porque no cesan las opresiones, persecuciones, nuevas y horribles formas de esclavitud, los destierros, la tragedia de Caín que mata a su hermano… No hay consuelo para las familias, especialmente quienes han perdido a sus hijos en la guerra, maltratados y explotados; siguen llorando por los niños abortados, por los hijos que han tenido que partir a tierras extrañas y no han vuelto… Lloramos por nuestros jóvenes víctimas de la droga, por los que aún pequeños, están sometidos a duros trabajos, por nuestros infantes «vendidos» a ricos lujuriosos, esclavos de su vicio y desórdenes.
La lista se hace interminable y «Raquel», todas las «Raqueles» del mundo, no hallan consuelo.
A este mundo de «desconsuelo» ha venido el Señor. «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Debemos entrar a la gruta de Belén para comprender que otro mundo es posible, que a la «cadena de antifraternidad» debemos oponer la de fraternidad y solidaridad universal. En la medida en que alguien acoge a Cristo en su corazón, es capaz de acoger al «otro», sea quien sea en su vida. El papa Benedicto XVI nos lo recuerda una vez más en su última Encíclica Spe salvi (En la esperanza fuimos salvados): «Un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza. (cf Ef 2,12). Sólo Dios puede crear justicia» (n. 44). Quien se acerca a Dios, se convierte en creador de justicia y de fraternidad, y las injusticias se hacen «inaguantables». A la beata Teresa de Calcuta se le hizo «inaguantable» que los ancianos enfermos murieran en la calle, que los niños deambularan abandonados y hambrientos por los barrios miserables de las grandes ciudades, y su «llanto» se transformó en energía de caridad y servicio incondicional hacia todo necesitado, madre de los más pobres entre los pobres. A monseñor Oscar A. Romero se le hizo «inaguantable» que mataran a sus hijos salvadoreños y supo exponer su vida para defenderlos.
Nuestro grito suplicante, es el de los primeros cristianos: «¡Maranathá!», (¡Ven Señor Jesús!), ven y que te acojamos para renovar la esperanza de un mundo de hermanos que, consolados por ti, sepamos consolar «a los que están en toda tribulación» (2Cor 1,4). Que la dolorosa experiencia de antifraternidad no nos deprima, sino que nos impulse al compromiso constante hacia un mundo donde todos seamos hermanos. Ω
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