Decisión acertada
Estoy segura que mi vocación a la vida consagrada misionera es la opción para realizarme como ser humano, pero ¿cómo se los digo a mis padres? ¿Qué me van a decir? Mejor me olvido del asunto y no les digo nada, así me evito problemas… No. No puedo quedarme así. ¿Qué hago?
Paula Thorach era una joven ugandesa a quien conocí cuando estudiaba secundaria en nuestra misión de Angal. Yo dirigía el grupo juvenil cristiano al que ella pertenecía. Allí hicimos una bonita amistad junto con los integrantes del grupo: orábamos, reflexionábamos, trabajábamos por el bien común y jugábamos fútbol. Aún recuerdo cómo las chicas caían por tierra cuando los varones las atacaban para quitarles el balón, pero cuando éste llegaba a mis pies, me dejaban correr sola; perdía el balón por la risa que me daba y porque no soy experta en ese deporte.
De Angal pasé a Kampala, capital de Uganda, para trabajar en la orientación vocacional. Después de un par de años Paula hizo contacto conmigo, pues quería iniciar un proceso de discernimiento vocacional misionero comboniano. Ella estudiaba obstetricia. Ambas nos lanzamos a la aventura del descubrimiento de su vocación. Conforme pasaba el tiempo, fui viendo muchas cualidades que respondían al llamado que ella sentía, así que la animaba a seguir adelante.
¿Libre para tomar la propia decisión?
Cuando faltaba poco para tomar una decisión, Paula me escribió diciéndome que se retiraba del discernimiento vocacional. Me sorprendí, pues la conocía bien y sabía que algo ajeno a ella la estaba haciendo retirarse. Fui a buscarla a 350 kilómetros de Kampala –en zona rebelde–, pero no me importaba, pues lo único que me interesaba era que ella entrara en sí y supiera cuál era verdaderamente su decisión. Platicamos y yo tenía razón: su decisión no era libre; sus padres habían dicho que si optaba por la vida misionera se olvidara de ellos, esto le causó mucho miedo.
La resistencia que algunos padres ponen a sus hijas e hijos para que sean misioneros se da con frecuencia, y muchas ocasiones los jóvenes se dejan llevar por lo que sus padres dicen sin escuchar lo que ellos verdaderamente sienten y quieren en la vida. Paula estaba por hacer lo que querían sus padres y no lo que ella realmente quería. Le ayudé a ver sus temores y analizamos la manera de resolverlos. Lo importante era que no se cruzara de brazos aceptando una decisión que no era suya.
Bajo una acacia
Hice otro viaje más lejos, esta vez fue a más de 500 kilómetros. Me reuní con los papás de Paula y sus tíos debajo de una acacia; Paula también estaba presente. Durante el diálogo compartieron sus temores, dudas y todo lo que afligía a la familia. Todos hablaban, y yo también los hice a partir del llamado evangélico: cuando Jesús elige a alguien, la persona no queda tranquila con ese llamado hasta que decide hacerle caso y dejarlo todo. Compartí también mi experiencia vocacional. En fin, en medio de aclaraciones y manifestaciones de apoyo, los papás de Paula dieron el paso: Paula podía tomar su propia decisión; ellos la bendecían.
Aún recuerdo la sonrisa de Paula, sonrisa que conserva hasta la fecha. Tiene 10 años de ser misionera comboniana en Sudán del Sur. Ella aún recuerda esa cita bajo una acacia, fue allí donde se liberó de sus temores y, apoyada por sus padres, decidió seguir el deseo de Dios que era también suyo. Cuando me ve, me agradece haberla sacado de sus miedos y dice, que si hubiera permitido dejar a sus padres decidir por ella, jamás hubiera sido feliz como lo es.
Respeto a los padres
Cuando los jóvenes entran en un proceso vocacional no deben prescindir de un diálogo sereno con sus padres, sobre todo si éstos se oponen determinantemente a que los hijos e hijas sigan su propio llamado; no es fácil convencerlos de que no debemos temer a la vida consagrada misionera, sino que es una llamada que viene de Dios. Los padres deben saber lo que el hijo o hija siente en su interior, las motivaciones que tiene para optar por un estilo de vida diferente a los convencionales. El diálogo constante en una apertura sincera puede abrir la puerta de la comprensión y aceptación.
Cuando los padres nos ven realizados y saben que somos felices, ellos se quedan tranquilos, pues desean nuestro bien. La mejor manera de convencer a los papás es demostrarles con la vida que estamos contentos con el llamado del Señor y que éste llena nuestra existencia.
Comboni y sus padres
Daniel Comboni también tuvo que convencer a sus padres sobre la vocación misionera que sentía y la cual, le pedía dejar su país e ir a África. ¿Sus padres, o la vocación misionera? Tampoco fue fácil para él tomar una decisión, por eso buscó ayuda espiritual.
En ciertos momentos de nuestra vida debemos buscar ayuda en otras personas para que nos conduzcan a nuestro interior y nos encontremos con Dios y su llamado, con nuestros deseos más profundos que serán raíz de nuestra felicidad si los vivimos. No podemos discernir solos el llamado de Dios, necesitamos de personas que nos ayuden. Cierto que ellas no tomarán las decisiones por nosotros, sólo nos ayudarán a estar en contacto con lo que queremos y nos animarán a perder miedos para lanzarnos a la acción. Al final, es la persona llamada quien decide.
Comboni decidió dejarlo todo para ir a África, pues se sentía seguro de que Dios lo llamaba: «Ya he acabado los santos ejercicios, y después de haber pedido consejo a Dios y a los hombres, sólo he pensado que las misiones son mi verdadera vocación... Dios me llama y yo voy seguro». Sí, cierta certeza del llamado es necesaria para dar el paso. No podemos irnos sin creer que estamos haciendo lo que Dios y nosotros mismos queremos.
Decisión acertada
Paula no se ha arrepentido de haber tomado la decisión, pues ha probado la felicidad en su vocación misionera trabajando con los enfermos en la misión durante la guerra, se ha sentido realizada como ser humano y como mujer consagrada. Daniel Comboni jamás se arrepintió de ir a África, el continente de su amor. Tanto se entregó a los africanos y se sintió realizado que llegó a decir: «Yo sólo tengo una vida para consagrarla a la salvación de aquellas almas. Quisiera tener mil vidas para consagrarlas a este fin». Sólo quién ama profundamente y se siente realizado en su vocación anhela tener más vidas para gastarlas de la misma manera. No tengamos miedo de tomar la decisión acertada para nuestra propia felicidad. Que los temores no nos paralicen ni nos hagan tomar sendas que no corresponden a lo que verdaderamente sentimos. Ω |