

Ahí estaba ella, tirada boca arriba en las escaleras del metro, totalmente drogada. Una muchachita de unos 15 años y un cuerpo semidesnudo carcomido por el vicio, mientras centenas (o tal vez millares) de personas pasaban a su lado ignorándola como si no existiera.
Vivimos en un mundo con prisa; estresados e insensibles, siempre con miedo de llegar tarde a todas partes y corriendo para insertarnos en el «engranaje» del trabajo, como simples piezas de una maquinaria que se goza en convertirnos en autómatas.
Nunca antes, como ahora, había existido tanta tecnología en nuestro mundo y, paradójicamente, tanta falta de comunicación y sensibilidad para con el prójimo. Vivimos «sedientos» por comunicarnos; queremos que todos nos escuchen y vean, pero hemos olvidado la capacidad de contemplar y de escuchar. Parafraseando al profeta Jeremías, en lugar de «Dios», los medios de comunicación «nos han hecho violencia y nos han conquistado», ya no podemos prescindir de ellos. Nuestra sociedad se ha convertido, como lo visualizó el filósofo canadiense Herbert Marshall McLuhan, en una «aldea global», donde todo y todos «estamos interconectados».
En todo este «rompecabezas» mediático, ¿dónde queda la Iglesia? ¿Será que ha llegado tarde a la «comedia» de la vida? ¿Estará anunciando adecuadamente la «buena noticia» de Jesús al mundo de hoy? ¿Tiene ella el valor de «denunciar» las estructuras de muerte que esclavizan al pueblo de Dios?
Este mes conmemoramos la 42 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Esquila Misional, fiel a su deseo de contribuir a la Nueva Evangelización, presenta en este número una reflexión sobre lo que esta celebración significa para la Iglesia, sobre cómo estamos comunicando la mayor noticia de la Historia: ¡Jesús ha resucitado!
Aunque no ignoramos el panorama de desafíos presentados a los comunicadores católicos de hoy, nuestra postura es optimista. Queremos mostrar «el abnico» de iniciativas que nuestra Iglesia ofrece al mundo. Creemos en la fuerza de la renovación y adaptación a las nuevas realidades, apostamos por la fuerza constructora del diálogo y nos comprometemos a buscar continuamente nuevos areópagos de comunicación. Estamos concientes de la enorme responsabilidad que se ha puesto en nuestras manos y de la necesidad de saber escuchar lo que nuestro pueblo necesita. Estamos preparados para aceptar el reto de comunicar mejor a Jesucristo y de comunicar-NOS también mejor. Ω
Un fuerte abrazo a todos.

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